28 de Noviembre de 2007 — Manuel Delgado
Conocà a Grover Burch en 1940, uno de aquellos años que pasé en Barcelona ganándome la vida con el intercambio de mercancÃas a espaldas de los carabineros y con la protección de un par de muchachas que habÃan acudido a la capital pensando que allà vivirÃan mejor que en su pueblo. La primera vez que le vi fue en un tugurio sin nombre de la calle de la Merced que a la Montse y la Manoli, que asà se llamaban mis inversiones, les gustaba frecuentar, siempre en busca de algún marinero con la paga aún caliente en la cartera. Aquella tarde, la Manoli se me acercó a consultarme si podÃa aceptar el precio que le ofrecÃa un mozarrón extranjero que se habÃa quedado prendado de ella. Por aquellos dos cartones de rubio americano, el grandullón aquél podÃa disfrutar del apretado culo de la Manoli toda una noche, pero yo puse gesto de fatiga e hice un par de aspavientos con las manos como si aceptase el trato a regañadientes. Yo siempre fui de los que daban mucha libertad a sus protegidas, que eran libres de irse con quien ellas eligieran, pero debÃan pactar conmigo cualquier variación en el precio. Desde unas mesas más allá, Grover me sonrió de medio lado al ver acercarse a la Manoli, ya liberada de los cartones de rubio. Se levantó y, al llegar ella a su lado, ambos se perdieron entre el humo y las tinieblas que invadÃan el fondo de aquél tugurio sin nombre. Lo último que pude ver de ellos dos mientras se alejaban hacia la puerta fue la inmensa manaza del marinero dándole un tiento al carrillo derecho del apretado culo de la Manoli.
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