Yo maté a Grover Burch (003)

A Doña Carmen no le solía gustar que sus huéspedes llevasen invitados sin avisar con antelación. Sin embargo, a mí nunca me ponía mala cara si me presentaba con alguien a cenar sin haber dicho siquiera si yo iba a ir a cenar. No es que la buena señora me tuviera un cariño especial, sino que agradecía todo el comercio que hacíamos juntos y que le permitía mantener bien abastecida la cocina de la pensión, con lo que se aseguraba tanto la fidelidad de sus inquilinos como el incesante engorde de su sobrina, llamada Maria Dolors y que había venido desde un pequeño pueblo de la provincia de Gerona a echarle una mano a su tía, a cambio de cama y siete u ocho comidas diarias. Por todo ello, cuando aquella noche llegué a la pensión con las dos siluetas que había avistado frente a la puerta del edificio, doña Carmen resolvió la situación con una sonrisa en los labios y un par de órdenes a su sobrina para que colocara tres platos en la mesa. Íbamos a cenar solos, pues el resto de huéspedes ya habían despejado el pequeño comedor, alicatado en azulejo blanco hasta la altura del pecho e iluminado por una única bombilla que, unos días antes, se había escurrido de una caja que uno de mis proveedores más estimados ayudaba a descargar de un barco proveniente de Italia.

Maria Dolors fue sirviéndonos el potaje en aquellos platos de hierro esmaltado en los que llevaba ya un año y medio comiendo y cenando. El amarillo de las yemas cuajadas se peleaba por el protagonismo en el plato con el verde de las espinacas, aunque su lucha era inútil, pues el protagonista indiscutible del guiso era aquel olor que me había asaltado por la mañana y que me estuvo acompañando todo el día. Mateu atacó al potaje y, levantando los ojos hacia mí, exclamó con su marcado acento catalán:

-Mare de Déu, pues tenías toda la razón. Este potaje resucita a los muertos.

Su hermano, Ricard, añadió:

-Donya Carme, aquest guisat està de mort.

Ricard no conocía a Doña Carmen, así que cometió el terrible error de piropear una de sus creaciones culinarias, lo que provocó el consiguiente diluvio de explicaciones de la oronda ama, sobre si lo importante era poner el bacalao en remojo a tal hora o si el secreto estaba en los huevos o cosas así que no recuerdo porque había conseguido desarrollar una habilidad para enclaustrarme en mis propios pensamientos cuando la Carmen sacaba la húmeda a pasear. Cuando me pareció que ya estaba bien de profundizar en los secretos de un buen potaje, insté con la mirada a Doña Carmen a que nos diese un poco de espacio. Ella, que ya estaba acostumbrada a que, en ocasiones, trasladase mi despacho a su comedor, dijo que tenía no sé qué que hacer en la cocina y salió de allí cerrando la puerta tras de sí mientras, con la otra mano, se secaba una gota de sudor que le caía por la frente.

-Mateu, dime, ¿qué es eso tan importante que me teníais que contar?

Sin terminar de tragar la última cucharada de potaje que se había llevado a la boca, Mateu volvió a levantar la vista del plato y contestó:

-Hay un americano por ahí, un marinero muy grande, que va haciendo preguntas sobre ti. Está muy interesado en encontrarte. ¿Le debes dinero a alguien?

-Si le debiera dinero, no tendría que preguntar dónde encontrarme. Todos los que me conocen saben por dónde paro -respondí yo.

-Pues deberías andarte con ojo, porque está haciendo mucho ruido. A nosotros nos preguntó en el cuchitril ése de la Merced -su hermano Ricard asintió con la cabeza sin dar cuartelillo a su plato de potaje-, por el que no te he visto últimamente, por cierto.

-Últimamente, la concurrencia de ese local no suele llevar la cartera tan llena como a mis asociadas y a mí nos gusta ver -dije, con una mueca de complicidad.

-El Ricard quiso seguirle -continuó, señalando a su hermano con la cuchara aún llena de garbanzos-, pero yo le dije que no, que mejor haríamos en contártelo a ti para que estuvieras avisado.

Los hermanos Mateu y Ricard no eran conocidos por su valentía. Al terminar la guerra, salieron de la cárcel tan rápidamente como entraron todos sus antiguos camaradas anarquistas a los que delataron. Nunca resolvían sus asuntos de cara, sino que se las apañaban para desvanecerse en cuanto las cosas se ponían feas, para volver a aparecer sin ser vistos ni oídos en cuanto su enemigo bajaba la guardia. Acumulaban motes y apodos por toda la ciudad, pero ninguno alcanzaba a describir su espíritu mezquino tan bien como el de “los rajalomos”, puesto que la mayoría de los que tenían con ellos algún asunto pendiente acababan con un pinchazo en los riñones, asestado en plena noche desde la oscuridad de algún portal.

-Dijo algo de la Manoli -prosiguió-, ¿no es ésa una de tus fulanas?

-Señoritas -le corregí, mientras algún resorte en mi mente ponía en relación el tugurio de la calle de la Merced, dos cartones de rubio americano y un marinero muy grande que salía por una puerta enganchado al apretado culo de la Manoli.

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