Ni con Schneier, ni con Almeida

cartel_wifi_jem En esta ocasión, no estoy de acuerdo ni con Bruce Schneier ni con Carlos Sánchez Almeida. Ambos, aunque con años de diferencia, defienden en sendos artículos (el de Schneier, en Wired, y el de Almeida en Kriptópolis) el dejar la conexión WiFi de tu casa sin proteger por contraseña. El motivo principal esgrimido por ambos para despreocuparse por quién se conecta a su conexión inalámbrica es que, si todo el mundo hiciera lo mismo, sería imposible afirmar que alguien ha hecho algo ilícito a través de una determinada conexión, puesto que cualquiera que se hubiera conectado a través de ella podría haberlo hecho. En cierto modo, esta propuesta me recuerda a las escenas finales de “V de Vendetta“, en las que miles de ciudadanos se echan a las calles disfrazados como el protagonista para simbolizar su adhesión a los fines del revolucionario, así como para lograr, mediante el anonimato, formar un único ente que se manifiesta de manera solidaria. Schneier, además, plantea que las probabilidades de que, en realidad, alguien use tu conexión con fines ilícitos es baja y que, en caso de ocurrir, existen probabilidades de que seas encontrado culpable aun sin serlo, independientemente de que uses o no contraseñas.

Si bien esta postura me encaja más en la actividad y la línea de Sánchez Almeida, me ha sorprendido que Schneier se sume a ella. Como él mismo dice y ha convertido en su sello personal, la seguridad es la búsqueda del equilibrio (mi traducción del inglés “security is a trade-off“), es decir, a cambio de una determinada cantidad de seguridad (o sensación de seguridad, que no es lo mismo) cada uno estamos dispuestos a ceder una determinada cantidad de comodidad o a realizar un determinado esfuerzo. Un factor y otro se compensan. La cuestión es que, si bien los argumentos de uno y otro pueden tener cierta base, proteger tu conexión WiFi con contraseña supone un esfuerzo mínimo y una casi nula incomodidad, con lo que cualquier incremento de tu seguridad, por mínimo que sea, compensa, así que Schneier quizá debería revisar sus cálculos (o cambiar de lema). Las palabras de Almeida suenan muy bien a la hora de aplicarlo al intercambio de ficheros y la lucha contra las grandes entidades de gestión de derechos de autor, pero que nadie me busque como aliado para ponerle las cosas más fáciles a mi vecino de abajo si necesita el anonimato para amenazar de muerte a su ex-mujer o para intercambiar fotos de su última violación a un bebé. Tampoco creo que el argumento de que “cualquiera podría haberlo hecho usando mi conexión” sea un salvavidas legal infalible, puesto que sólo es cuestión de suerte (mala, en este caso) el encontrar a un juez que esté dispuesto a considerarte, como mínimo, cómplice.

En resumen: me parece muy bonito todo esto de la insurrección wireless y, desde luego, hay que avanzar en la línea de la máxima privacidad en Internet; sin embargo, si no voy ofreciéndole a extraños por la calle mi teléfono móvil para que lo usen sin que yo esté presente (y eso que yo no pago mi móvil y tengo varias tarjetas SIM que puedo usar simultáneamente), no veo por qué tendría que hacerlo con mi conexión a Internet. Desde luego, siempre podrá llegar alguien malintencionado y, con medios técnicos avanzados, clonar mi teléfono o, con medios mucho más rudimentarios, hacerse con él sin que yo me dé cuenta, pero lo que no voy a hacer es ponérselo más fácil.

Ah, por cierto, el argumento ése de que es elegante dejar la WiFi abierta para que la puedan usar las visitas es falaz. Yo también soy muy elegante: les proporciono mi contraseña. A quien yo quiero, claro.

Foto cortesía de jem a través de una licencia Creative Commons.


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