Administración Electrónica de la Comunidad de Madrid: chapucillas

No tengo tiempo para escribir mucho, así que transcribo aquí la queja que he enviado al servicio de Atención al Ciudadano de la Comunidad de Madrid:

He intentado, en varias ocasiones, tramitar una licencia de caza de forma telemática. En todas las ocasiones, el proceso termina con una página de error que dice “Error general GrabarSolicitud. Póngase en contacto con el Administrador”.

Me he puesto en contacto con el “Soporte Técnico a los Ciudadanos sobre la utilización de los Servicios de Administración Electrónica”. Me he conectado al chat, donde me ha atendido el operador Francisco José López. Tras un par de intercambios de mensajes a través del chat, ha solicitado conectarse a mi ordenador (sin explicarme previamente para qué). Al conectarse, me ha pedido que le enseñe el error. Le he enseñado la página de error y me ha dicho que debía conectarme con el chat de soporte del 012, proporcionándome la URL para ello.

Me he conectado al soporte del 012, donde he explicado la situación y, como primera respuesta, me han dicho que debía consultar al soporte de Administración Electrónica. Al informar al operador, que no se ha identificado, de que venía de allí, me ha dado un número de teléfono para llamar en horario laboral, de lunes a viernes, diciendo que en ese servicio no proporcionan soporte técnico.

¿Así es como funciona, habitualmente, la Administración Electrónica de la Comunidad de Madrid? ¿Cuánto cuestan al año unos sistemas que no funcionan y que te siguen obligando a acudir presencialmente a hacer trámites tan básicos? ¿Cuánto nos cuesta a los madrileños mantener dos servicios distintos de soporte que no son capaces de mantener una conversación fluida por chat, ni de identificar un problema, ni de dar la sensación de que, al menos, se hará algo para solventar el problema? ¿Han transmitido a los administradores del sistema que están ocurriendo problemas con el proceso? En resumen, ¿de qué vale todo esto?

Un saludo,

Manuel Delgado

Aunque, ahora que lo pienso, lo he enviado por medio del formulario online, así que es posible que nadie llegue a verlo…

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Los bonus de la discordia

Yo no lo habría dicho mejor, así que me callo:

Gracias a xkcd.

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¿Cómo sería un juicio antimonopolio contra Google?

Mientras algunos se frotan las manos con la investigación de la Comisión Europea sobre la estrecha relación entre Internet Explorer y Microsoft Windows, Google sigue avanzando, paso a paso, hacia una situación de control del mercado doblemente preocupante: por un lado, por su posición dominante en el mercado y sus supuestas prácticas de abuso de ésta; por otro, por la creciente cantidad de información sobre hábitos de los consumidores que es capaz de procesar y utilizar, sin que los consumidores tengamos del todo claro para qué y en qué medida.

Para comprender mejor la situación actual de Google con respecto al mercado de la publicidad online, es muy recomendable este artículo de Eric Clemmons, profesor de la Universidad de Pensilvania, publicado en Techcrunch. Bien harían nuestros respetados burócratas europeos en comenzar a preocuparse por estas cuestiones antes de que se conviertan en un problema real para nuestra privacidad y para la competencia.

Por cierto, por si alguien no se ha enterado aún, la semana pasada, Google ofreció ayuda a la Comisión Europea en su investigación sobre Microsoft. Paradójico, pero del todo lógico y coherente.

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Protégenos de la censura puritana

Esta mañana, he desayunado leyendo este artículo de Elisabeth Oppenheimer en The Future of the Internet, titulado “Censoring books?“. Había leído en el pasado sobre los cuestionables criterios de Apple para admitir ciertas aplicaciones en su App Store, pero esto ha superado el listón que, en mi escala de valores, separa la ñoñería de la más profunda estupidez. Resulta que los señores de Apple, que han empezado a vender libros para el iPhone en la App Store, no dudan en censurar ciertas obras debido a su contenido “obsceno”. No se trata de impedir que se distribuyan novelas eróticas o “pornografía escrita”, no, se trata de que vetan obras que contienen “palabrotas”, concretamente la palabra fuck y sus derivados. Y es que hay que reconocer que los señores de Apple se han visto obligados a hacerlo, puesto que los autores se dedican, desde hace algún tiempo, a hacer más atractivas sus novelas mediante el uso de tacos, palabrotas e insultos gratuitos, que en nada mejoran la obra sino que la introducen automáticamente en el insondable pozo de las más retorcidas y retorcedoras obras impías, aptas sólo para mentes perversas en busca de los placeres del cuerpo e inmersos en un torbellino de zafiedad. Un ejemplo rápido que he encontrado y que demuestra claramente que sólo la literatura barata y burda contiene insultos:

¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!

Vergonzosa demostración de insultos baratos que un escritorzuelo de tres al cuarto escupió sobre un papel hace ya unos años. Menos mal que están aquí los de Apple para impedirnos el acceso a tamaña asquerosidad, digna de alimentar cualquier hoguera puritana que se precie. Gracias a estos señores, ya sabemos que la literatura debe juzgarse no por su calidad artística, sino simplemente por su uso de las palabras que a ellos les parecen malsonantes.

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Vuelve la polémica sobre “la nube”

La caída del servicio de Gmail durante tres horas que ocurrió ayer ha vuelto a abrir el debate sobre la conveniencia de confiar en los servicios “en la nube”, sobre todo para usos empresariales. A los que ya criticaron este modelo en el pasado, se suman ahora muchas voces adicionales que advierten de la pérdida de control que supone el que tus datos y tus servicios esenciales, como el correo electrónico, estén en manos de terceros con quienes no firmas más que un contrato de adhesión (que ni siquiera te lees) y que no tiene contigo ningún compromiso de servicio.

El argumento de que confiar tu servicio de correo empresarial a un tercero de poca confianza es, como mínimo, arriesgado cuenta con una buena porción de sensatez. Sin embargo, no creo que la solución al problema sea prescindir del software como servicio (SaaS), una tendencia que comenzó hace ya años y que cuenta con importantes ventajas (comenzando por el “zapatero a tus zapatos” y terminando por unos costes de operación y despliegue enormemente reducidos). El equilibrio entre la pérdida de control que supone el SaaS y sus ventajas inherentes es el camino correcto, así como una correcta cuantificación de los riesgos que supone esta fórmula (¿cuánto cuestan seis horas de downtime de Gmail comparadas con mantener tu servicio de correo internamente?). Eso sin olvidar que los sistemas informáticos mantenidos internamente en la empresa también tienen sus interrupciones de servicio. Otras cuestiones, como la privacidad de los datos o la garantía de que la empresa no va a cancelar el servicio de un día para otro deben corregirse por la vía contractual y siempre desde la perspectiva de que no podemos pedirle a un único proveedor todas las garantías que no le pedimos al resto de los que intervienen en la cadena necesaria para disfrutar el servicio (¿de qué nos valdría tener un contrato sólido con, por ejemplo, Google, si no lo tenemos igualmente con nuestro proveedor de acceso a Internet?). Y, finalmente, recordemos que “sacarlo todo fuera” no significa desentendernos de todo: disfrutar del SaaS también implica actividades como descargar periódicamente tus datos desde “la nube” y guardar esas copias de la manera habitual, o contar con alternativas viables en caso de un fallo masivo de nuestro proveedor principal.

Sé que no estoy diciendo nada nuevo pero, tras eventos como el de ayer, son muchas las voces que se alzan en contra de “la nube” como si el asunto fuera una discusión blanco o negro, olvidando que la vida es algo más compleja que eso y que rechazar una opción cómoda, barata y flexible como el SaaS en lugar de intentar incorporarla a tus sistemas de forma sensata no es proteger a tu empresa, sino anquilosarla.

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George Soros y la reflexividad

George Soros. Foto cortesía del World Economic Forum de Davos, con licencia CC by-saSiempre me ha interesado la vida de George Soros. De infancia y adolescencia marcadas por la amenaza del nazismo, Soros es uno de los inversores financieros más exitosos de la historia. Además, es conocido por su determinación a la hora de usar su dinero para producir cambios sociales en todo el planeta, lejos del típico modelo del millonario filántropo y más cerca de otros roles como los de lobby activo, figura en la sombra y supuesto conspirador. Su empeño por hacer que su dinero valga para algo más y su forma de hacerlo, tan alejada del buenismo y de la lágrima floja, han hecho de George Soros un personaje temido y odiado por no poca gente pero, muy particularmente, por la derecha más conservadora: sus críticas a determinados aspectos de la globalización y su insistencia en la necesidad de regulación en los mercados le han situado en el punto de mira de quienes confunden la velocidad con el tocino y el liberalismo con la anarquía.

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La importancia de llamarse…

No, el título de este post no acaba con “Ernesto”. Tiene que ver, en realidad, con el nombre que reciben determinados puestos de trabajo. Desde hace un par de días, estoy especialmente sensibilizado con el asunto, porque he sido reasignado a unas “nuevas” funciones con un nombre muy largo y muy molón pero que, en realidad, significa que voy a seguir haciendo exactamente lo mismo que hasta ahora. Pues bien, estaba yo meditando sobre estas cosas y he recordado cuál es el nombre de puesto de trabajo que más me ha gustado nunca y creía tenerlo claro: evangelista tecnológico. Repito: evangelista tecnológico. ¿Se puede tener un trabajo más “cool” que algo que empieza por “evangelista” (y no incluye la palabra “pastor”)? Estaba yo pensando en estas cosas, cuando me han desmontado el chiringuito vía email. Aún existe un puesto de trabajo con un nombre más fardón que el de “evangelista”. Sí, existe y me voy a reunir con uno. Se llama “SunLab Ambassador”. Ya sé qué quiero ser en la vida. ¿A que suena bien algo como “Senior Technology Evangelist & Innovation Ambassador”? Sólo falta ver cómo meterle “Capitán General” en algún sitio para que sea perfecto.

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Consultoría artesana en red » Documentos e información

Últimamente, no tengo ni un minuto para escribir aquí. Pido disculpas por ello a mis (escasísimos) lectores habituales.

Para romper el silencio de radio y dar la sensación de que sigo vivo y online, os dejo aquí un vínculo a lo más interesante que he leído hoy. Como tantas otras veces, de Julen.

Consultoría artesana en red » Documentos e información.

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El Cisne Negro: el impacto de lo altamente improbable

Leer The Black Swan: the impact of the highly improbable es un placer para el cerebro. En sus trescientas páginas, Nassim Nicholas Taleb analiza con minuciosidad las causas y consecuencias de una circunstancia aparentemente inocua: la dificultad que tenemos los seres humanos para identificar los eventos con escasísimas probabilidades de ocurrir o basados puramente en el azar. Nuestra percepción, limitada, y nuestra excesiva dependencia del conocimiento adquirido para realizar predicciones futuras nos convierten en presas fáciles de aquellos hechos que no encajan en nuestros patrones conocidos y manejables de pensamiento.

Recuerdo hoy este libro, de lectura imprescindible para quienes se muevan en el entorno empresarial y financiero y, desde luego, para quienes deseen profundizar en el pensamiento crítico, tras leer esta entrevista a Taleb en The McKinsey Quarterly. Ligerita, pero muy adecuada para quienes se acerquen a sus propuestas por primera vez.

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La generación Y ante el entorno laboral

En alguna ocasión, he escrito sobre la “generación X” y la “generación Y” y sus respectivos problemas en su relación con el entorno laboral, normalmente diseñado y comandado por personas que distan mucho de estar en ninguna de esas dos categorías psicosociales. Hoy, me he encontrado con dos interesantes posts relacionados con la cuestión, uno escrito por Teresa Wu en el blog de Chris Brogan y otro, inspirado en el anterior, escrito por Dolors Reig.

Por cierto, cuanto más me junto con mis amigos, mayoritariamente pertenecientes a la generación X, más me doy cuenta de que tengo un pie en la generación Y. Seguramente, se debe a mi edad (a medio camino entre una y otra), por haber nacido en España (país en que la generación X llegó con retraso y con menos fuerza) y por mi profesión y mis intereses, pero la cosa es que muchas de las características de la generación Y que les suponen ciertas dificultades para moverse en el actual entorno laboral son las mismas que hacen que mis días de trabajo, a menudo, sean cuesta arriba.

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