Prensa para el sábado

Dos artículos con sustancia para la mañana del sábado, encontrados a través de una lista de correo:

Pues eso, a disfrutar del sábado.

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El lastre de la deuda pública

Es una lástima no haber guardado referencias de aquellos momentos, a lo largo de los últimos 18 meses, en los que algún miembro del gobierno (presidente incluido, desde luego) ha justificado el aumento del gasto público para hacer frente a la crisis. Que si para lo social, que si para la cohesión, que si para la solidaridad, que si para evitar el parón económico…

Como todo buen socialdemócrata sabe, la mejor salida a una crisis es arrojar más dinero sobre ella. Pues va a ser que no. Ahora, con la quiebra soberana asomando los colmillos en el horizonte, resulta que tenemos que irnos de viaje por Europa para explicar que no, que la deuda es mala y que, además, la vamos a eliminar de un plumazo.

Sólo espero que la ministra Salgado no haya explicado la fórmula que, con certeza, Zapatero habrá elegido para acabar con la deuda: cerrar los ojos bien fuerte y desear con ganas que la deuda pública baje al 3%. Pero desearlo mucho, mucho, por supuesto.

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Más sobre presión fiscal

Tras el post de ayer, sobre una nota de Antonio España acerca de la cantidad de impuestos que generan aun las más simples transacciones económicas, Francisco Avilés me llamó la atención en Facebook sobre otro post suyo, también de ayer, que trata un tema relacionado: por qué una subida en el IVA afecta más a quienes menos tienen. Aunque creo que alguna de sus asunciones podría ser discutida, la conclusión es sencilla: ese 2% que, supuestamente, el Gobierno pretende subir en el IVA afectará más, en términos proporcionales, a quienes tengan menores ingresos. Algo bastante obvio pero que, a pesar de ello, muchos prefieren ignorar al reclamar subidas de impuestos.

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Sobre la ley de economía sostenible

Hoy, el presidente del gobierno, J. L. Rodríguez Zapatero, se reunirá con los agentes sociales para presentarles su proyecto sobre una ley de economía sostenible. Casi alcanzo a entender por completo lo que el gobierno socialista quiere decir con eso de la economía sostenible, pero eso no hace que me parezca adecuado el nombre ni que confíe en la capacidad de una ley para alcanzar los objetivos marcados. Es cierto que España necesita progresar en áreas como la tecnología y la investigación y que nuestra elevada dependencia de sectores como la construcción o el turismo nos hace muy vulnerables a los vaivenes de la economía global. Sin embargo, no creo que sea sostenible el término más adecuado para definir aquello que necesitamos y, repito, me parece arriesgado confiar en la capacidad de una ley para producir cambios reales y tangibles. Bienvenido sea el intento de conseguirlo, pero mucho me temo que la cosa no irá mucho más allá de las frases pronunciadas por Zapatero hasta ahora, como la de la “reforma de las estructuras educativas para una mayor vinculación al modelo productivo”, frase altisonante pero de muy poca chicha, y de regalar 45.000 millones en subvenciones, fórmula magistral para mejorar la competitividad (nótese la ironía, por favor). ¿Se hará nuestra economía más sostenible con esas acciones? El tiempo lo dirá, pero ya saben qué pienso.

Por cierto, no sé si a alguien le parece algo irónico que el mismo que nos propone ahora este plan regalase hace unos meses 8.000 millones de euros para gastarlo en parques, jardines y otras actividades constructivas. A mí sí me lo parece, desde luego.

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El principio del fin… de la crisis

Ayer, durante un discurso en Carolina del Norte, Obama dijo que los Estados Unidos “podrían estar viendo el principio del fin de la recesión. Otra de esas grandes frases sobre la crisis, sólo superada en vacuidad por la de nuestro querido presidente del Gobierno el pasado enero: “La crisis tiene un principio y un final.” Sí, claro, como los perros, que empiezan en el hocico y acaban en el rabo.

Hablar del “final” de la crisis en estos términos carece de sentido real y práctico. Se puede hablar del fin del aumento del paro, del fin de la deflación, del fin de la caída del PIB, … pero hablar del fin de la crisis no es más que una consigna, una frase bonita para tranquilizar a las masas sin, en realidad, haber dicho nada. Cualquiera puede poner el hito del “fin de la crisis” donde quiera, pues “la crisis” es una suma de eventos y circunstancias y cada uno puede entender que ha acabado en momentos diversos. Por ejemplo, alguien podría ver el fin cuando el PIB deje de caer, mientras que otros no lo verán hasta que haya recuperado sus niveles pasados. Sin embargo, mucho peor que hablar del fin de la crisis es hablar del “principio del fin de la crisis”. Al fin y al cabo, igual que ocurre con la vida, la crisis comienza a desaparecer justo en el instante en que nace.

Políticos de consigna y de discurso bonito. Esperanzadores y vacíos, a partes iguales. Eso es lo que tenemos. ¿Tenemos lo que nos merecemos?

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Asociación para la Reforma de las Pensiones

Asociación para la Reforma de las PensionesJuan Pina, a quien conocí hace unos meses en una reunión del Centro Democrático Liberal, me envió el otro día un mensaje como secretario general de la Asociación para la Reforma de las Pensiones para darme a conocer esta nueva iniciativa en la que está involucrado. Con un nombre tan descriptivo, están claros cuáles son los objetivos de la asociación. Lo que quizá no quede tan claro es el medio propuesto para llevar a cabo esa reforma: la capitalización de las pensiones.

¿En qué consiste la capitalización de las pensiones? En pocas palabras: consiste en que tus aportaciones al fondo de pensiones de la Seguridad Social se dediquen de forma casi íntegra a tu pensión futura. En el actual sistema de reparto, todo trabajador está obligado a aportar dinero al fondo de pensiones pero, llegada la hora de jubilarse, el importe que percibirá no depende directamente de lo aportado a lo largo de su vida laboral, sino que se calcula en función de la normativa vigente en ese momento, influenciada por la capacidad de la Seguridad Social para hacer frente al pago de las pensiones.

La crítica que más habitualmente se hace a las propuestas de capitalización de las pensiones es que un sistema insolidario. Nada más lejos de la realidad. Aumentar la justicia y la proporcionalidad de las pensiones recibidas por la mayoría no es incompatible con la solidaridad y la protección social, como demuestra el artículo que dedican específicamente a este punto en la web de la ARP. Un porcentaje de las aportaciones corrientes puede dedicarse a un fondo de solidaridad para quienes no puedan realizar sus propias aportaciones. Nótese la diferencia con el sistema actual: se ayuda a los demás a que puedan realizar sus aportaciones, en lugar de dedicar las cotizaciones de unos al pago de las pensiones de otros.

Obviamente, una reforma de este tipo no puede llevarse a cabo de forma radical, sino que es necesario prever procesos de transición que impidan situaciones de desamparo en aquellos para los que este sistema llegue tarde. Sin embargo, la situación actual del mercado laboral y la tendencia futura del sistema de pensiones hace imprescindible y urgente una reforma de este tipo si no queremos que, al final, lo que llegue sea la desagradable experiencia de habernos visto obligados a aportar importantes cantidades de dinero toda nuestra vida y encontrarnos con una pensión de jubilación indigna y, por qué no decirlo, de risa. O de llanto, según se mire.

Ãnimo a Juan, Roald y el resto de integrantes de la Asociación para la Reforma de las Pensiones.

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Punset vs. Zapatero

Compárese esto:

Aznar, su amigo Bush y los neoconservadores han traído esta crisis.

J. L. Rodríguez Zapatero, 10 de mayo de 2009

Con esto otro:

[...] los europeos cometimos una equivocación increíble al considerar que la actual crisis o recesión mundial era algo esencialmente norteamericano, que iba a afectarnos a nosotros sólo en segundo término. Todos los datos aflorados ahora están sugiriendo que –en el mejor de los casos– la crisis es tan europea como americana y, muy probablemente, más europea que americana. Por eso, los expertos internacionales apuntan a una recuperación más rápida en EE.UU. que en Europa.

Eduard Punset, 11 de mayo de 2009

Sáquense después las conclusiones pertinentes.

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George Soros y la reflexividad

George Soros. Foto cortesía del World Economic Forum de Davos, con licencia CC by-saSiempre me ha interesado la vida de George Soros. De infancia y adolescencia marcadas por la amenaza del nazismo, Soros es uno de los inversores financieros más exitosos de la historia. Además, es conocido por su determinación a la hora de usar su dinero para producir cambios sociales en todo el planeta, lejos del típico modelo del millonario filántropo y más cerca de otros roles como los de lobby activo, figura en la sombra y supuesto conspirador. Su empeño por hacer que su dinero valga para algo más y su forma de hacerlo, tan alejada del buenismo y de la lágrima floja, han hecho de George Soros un personaje temido y odiado por no poca gente pero, muy particularmente, por la derecha más conservadora: sus críticas a determinados aspectos de la globalización y su insistencia en la necesidad de regulación en los mercados le han situado en el punto de mira de quienes confunden la velocidad con el tocino y el liberalismo con la anarquía.

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Esto sí es sociedad civil

Llego, a través de The Connected Republic, al sitio Stimulus Watch, una web creada para que los ciudadanos informen y opinen sobre las obras públicas susceptibles de ser financiadas por el plan de estímulo de la economía del gobierno estadounidense.

Me pregunto si algo así tendría la mínima repercusión en España. ¿Cuántos se animarían a criticar las pistas de patinaje?

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Tengo mucha hambre

Llevo tres días sin comer nada. Estoy hecho polvo. Me he dejado llevar por la recomendación de Miguel Sebastián de comprar productos españoles y mi vida se ha ido a la mierda. Todo empezó el miércoles, cuando fui a ponerme mi café mañanero y caí en la cuenta de que, con toda probabilidad, el café no había sido plantado en España. No era un gran problema, siempre podía tomarme un vaso de leche, que ésa sí suele ser española, pero me di cuenta de dos detalles: me consta que mi marca de leche preferida está participada en un buen porcentaje por otra empresa europea y, además, el producto viene en un envase cuya patente es de una empresa sueca. Nada, salí de casa en ayunas, todo sea por los parados. La cosa empeoró cuando llegué a la calle y me fui a montar en mi coche japonés movido por combustible procedente de Oriente Medio (o de Venezuela, o de Nigeria, …). Decidí usar el transporte público, pero el primer autobús que llegó lo había fabricado una empresa alemana, así que opté por el metro… hasta que me di cuenta de que los vagones estaban hechos en Francia. Ya que estaba, me fui andando hasta el trabajo, bajo la lluvia, sin poder usar mi paraguas fabricado en China.

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