"La TDT es la oportunidad perdida para democratizar la televisión"

La frase que sirve de título a este post la pronunció Francisco Sierra, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, en el curso de verano de la Universidad Internacional de Andalucía "Sociedad de la Información y desarrollo local". He llegado a ella a través de un twitt de Sonia Blanco. Debo reconocer que, aunque la frase me parece de lo más cursi y de lo más naïve, no es lo más desacertado que he visto en la noticia. Lo peor es lo referente al voto electrónico que, en palabras de Jordi Barrat, profesor de la Universidad de Alicante, sobre el voto electrónico: "el voto electrónico implica procesos electorales y referendos, por lo que necesita de unas garantías que le dan mucha rigidez formal". ¿Rigidez formal? ¿Procesos electorales? Ser un defensor del voto electrónico en un entorno tecnológico como el actual es demostrar poco respeto por la limpieza de las elecciones y un importante desconocimiento de la inseguridad intrínseca a toda solución técnica actual (¿hacen falta ejemplos?), lo que supone un riesgo inasumible para algo tan esencial en democracia como las elecciones. Estoy seguro, no obstante, de que esto son poco más que un par de frases sacadas del contexto de unas largas intervenciones en las que, con seguridad, se expusieron ideas mucho más sensatas, pero que seguro eran mucho menos llamativas para un titular o para destacarlas en una noticia.

Por cierto, la mayor oportunidad perdida para "democratizar" la televisión no es la TDT: es Internet, cuya libertad, interactividad y bidireccionalidad se están viendo ahogadas por tanta regulación y tanto intento de control. Internet podría sustituir a la TV y sería un medio mucho más "democrático" (por poco que me guste usar este término en este contexto), pero ni a la industria audiovisual ni a los políticos profesionales les gustaría que eso ocurriese.

¿Democracia digitalizada? Creo que no.

A medida que la carrera hacia las elecciones estadounidenses de noviembre se va caldeando, aumenta el número de artículos que encuentro en los que se alaba la "digitalización" de la política, entendiendo como tal el intenso uso de la red y de otras tecnologías de telecomunicaciones que están haciendo los candidatos. Seguramente, el culmen lo alcanzó hace unos diez días este artículo de Ming Kwan en Wikinomics con su título Democracia Digitalizada. Nada más lejos de la realidad, me temo.

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El inquietante futuro de nuestros datos en Internet

No es que este asunto me resulte novedoso, ni mucho menos, pero no puedo evitar la sorpresa cuando me pasan cosas como ésta de hoy. Me meto en la sección de tecnología de El Mundo y veo, una detrás de otra, estas dos noticias:

No soy el único que, a la vista de la primera noticia, se asusta ante las consecuencias indeseadas -pero previsibles- de la segunda noticia, ¿verdad?

Gracias, Rajoy

Quiero dar las gracias públicamente a Mariano Rajoy por despejarnos cualquier duda que pudiéramos tener acerca de cuál es su posición ideológica y de por qué él no es una buena opción para los que creemos que la socialdemocracia no sólo no es buena sino que está suficientemente representada en España por el PSOE. Gracias, Mariano: los que llevamos años diciendo que eres demasiado blandito y tibio ya tenemos pruebas escritas de que estábamos en lo cierto.

Recordemos esto: PP - liberales - conservadores = PSOE

Márchese, Sr. Rajoy. Ya van dos derrotas electorales. No le regale al PSOE una tercera.

Sana envidia de los EEUU

Foto de una simpatizante de Hillary Clinton captando votos, por Greg Westfall en Flickr, mediante una licencia Creative Commons by En las temporaditas que estoy teniendo que pasar últimamente en Estados Unidos, he tenido oportunidad de comprobar un fenómeno que, como español, me resulta verdaderamente extraño y envidiable: la naturalidad con la que los ciudadanos de a pie exhiben con orgullo sus ideas políticas y el apoyo a un partido y/o candidato. Viviendo en un país en el que ser conocido por militar en un partido puede hacer que tus vecinos no te hablen o te miren con recelo (y eso en Madrid, en el País Vasco puedes acabar muerto) y que la gran mayoría de los afiliados de los grandes partidos lo son en la más estricta intimidad, sorprende cruzar cualquier barrio de cualquier ciudad y encontrar decenas de casas cuyo jardín delantero está decorado con una pancarta -en algunos casos, enorme- de apoyo a un partido o, actualmente, a alguno de los candidatos de las primarias demócratas. Un alto porcentaje de coches exhiben pegatinas de apoyo a un candidato a gobernador, fiscal del distrito, alcalde o presidente, sin miedo a que alguien decida romperle las lunas. Igualito, igualito que aquí.

Cuanto menos normalizada está la participación de los ciudadanos en la vida política, más alejados estamos de los políticos, lo que tiene como consecuencia directa e inevitable el asentamiento de una oligocracia que mira a los ciudadanos desde las alturas y nos considera poco más que ganado al que hay que dirigir y, cuando estima necesario, sacrificar.

Change Congress, pero no tanto

Capitolio de EEUU en Washington D. C., por euthman, vía Flickr mediante una licencia CC by-sa La transparencia en la financiación de los partidos políticos es esencial. Creo que todo el mundo estará de acuerdo con eso. Sin embargo, son varias las vías por las que es posible llegar a la transparencia y no todas me satisfacen de igual manera. Digo esto en relación con la iniciativa Change Congress, promovida por Lawrence Lessig, a la que he llegado a través de esta entrada del blog de Enrique Dans y con la que no puedo estar de acuerdo.

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El futuro práctico del liberalismo español

alegoria_libertad Más allá de las broncas y discusiones en esto que llamamos Internet y que no es más que una barra de bar, pero muy grande y abierta las 24 horas, el liberalismo español pasa por un mal momento. No me refiero a su definición y taxonomía, que es lo que a algunos parece tenerles muy entretenidos últimamente, sino a sus posibilidades prácticas de hacerse un hueco en el panorama político español. Tampoco quiero decir que esto sea una novedad: el mal momento dura ya décadas. En un país que considera liberal a Esperanza Aguirre por confiar la gestión no sanitaria de varios hospitales públicos a empresas privadas (¿no estaría un verdadero liberal más por la reducción de la sanidad pública en lugar de por la búsqueda de su eficiencia?) y que se dedica a repartir alegremente nuestros impuestos en todo tipo de iniciativas “sociales”, no es previsible que un liberalismo menos descafeinado atraiga un número de votos decente, puesto que incluso esas medidas “ligeritas” suelen toparse con el rechazo atávico de una buena parte de la población. Expresaré aquí mi opinión sobre las dos únicas vías posibles, en la actualidad, para conseguir que el liberalismo se incorpore al abanico de opciones de los votantes españoles, aunque de la forma atropellada que me impone la falta de tiempo.

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Rajoy: más renovación, por favor

fachada_genova Reconozco que vaticinar la derrota del Partido Popular no tuvo mucho mérito. Seguramente, lo más difícil del asunto no fue preverlo, sino decirlo, por aquello de que siempre queda la esperanza de que no ocurra y, si lo dices, pareces estar conjurando con el enemigo para que todo salga mal a los de tu bando. Nada más lejos de la realidad, por una parte, y nada más lejos de las capacidades de mis humildes palabras, por otra. En cualquier caso, el vaticinio se cumplió y el PP perdió las elecciones. Los hay que se empeñan en hacer una lectura positiva del resultado, sin darse cuenta de que, con nuestro sistema electoral y con la forma en la que se organiza el Congreso, la evaluación del resultado no debe hacerse en un rango continuo (de lo peor a lo mejor) sino de forma binaria: o has ganado o has perdido. Tanta lectura positiva tiene varios objetivos, entre los que destaca salvar la cara del general, Mariano Rajoy. Grave error: a quien hay que salvar es al partido, no a Rajoy.No puedo estar ni mínimamente de acuerdo con la reacción de Rajoy tras las elecciones. Discrepo con esta decisión en varios puntos: Leer el resto del artículo »

Premonición del atentado de ayer

Da miedo, por lo que implica, leer este artículo de Joan Valls escrito a finales de enero y en el que preveía la muerte de algún socialista a manos de ETA antes de las elecciones. No pudo dar más en el clavo. Una parte de mí pide que el tal Valls esté equivocado. Otra dice que su análisis es impoluto.

Vía Road to Freedom.

Debemos acabar con la jornada de reflexión

La jornada de reflexión es un mecanismo legal que, como muchos otros, está más al servicio de los que no cumplen la ley por norma que de los que respetan la legalidad. Si bien cuando se instauró seguro que no se pensó en la posibilidad de que los terroristas, de cualquier origen, tomasen por costumbre el intervenir a su manera en las últimas horas de la campaña electoral, ahora que ya sabemos que esto es algo más que una posibilidad remota, no estaría mal que la próxima legislatura vea el fin de la jornada de reflexión, que no sólo no ayuda a reflexionar nada sino que impide que los demócratas se expresen con libertad en respuesta a barbaridades como la de ayer. Listas abiertas, fin de la jornada de reflexión y libertad para publicar sondeos en cualquier momento. Tres medicinas necesarias para la salud de nuestras elecciones.

Pregunta tonta: para cumplir con la jornada de reflexión, ¿debería borrar hoy mis posts sobre mi pronóstico para las elecciones o sobre a quién votaré mañana?



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