Yo maté a Grover Burch (003)

A Doña Carmen no le solía gustar que sus huéspedes llevasen invitados sin avisar con antelación. Sin embargo, a mí nunca me ponía mala cara si me presentaba con alguien a cenar sin haber dicho siquiera si yo iba a ir a cenar. No es que la buena señora me tuviera un cariño especial, sino que agradecía todo el comercio que hacíamos juntos y que le permitía mantener bien abastecida la cocina de la pensión, con lo que se aseguraba tanto la fidelidad de sus inquilinos como el incesante engorde de su sobrina, llamada Maria Dolors y que había venido desde un pequeño pueblo de la provincia de Gerona a echarle una mano a su tía, a cambio de cama y siete u ocho comidas diarias. Por todo ello, cuando aquella noche llegué a la pensión con las dos siluetas que había avistado frente a la puerta del edificio, doña Carmen resolvió la situación con una sonrisa en los labios y un par de órdenes a su sobrina para que colocara tres platos en la mesa. Íbamos a cenar solos, pues el resto de huéspedes ya habían despejado el pequeño comedor, alicatado en azulejo blanco hasta la altura del pecho e iluminado por una única bombilla que, unos días antes, se había escurrido de una caja que uno de mis proveedores más estimados ayudaba a descargar de un barco proveniente de Italia.

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Yo maté a Grover Burch (002)

La Semana Santa llegó a Barcelona, que la acogió con más ganas de lo que algunos habían supuesto. Hasta entonces, no había vuelto a ver a Grover Burch. En realidad, ni siquiera sabía aún cuál era su nombre. Para mí, sólo era aquél marinero extranjero tan grande, de pelo castaño claro muy corto, que me había pagado con dos cartones de rubio americano un paseo a lomos de la Manoli un par de meses antes. Uno de aquellos cartones me lo fumé a su salud, pero el otro lo convertí en mantequilla con la ayuda de un carabinero y, a su vez, aquella grasa amarilla se convirtió en unas pesetas al contacto con el señor Ferrer, que regentaba una panadería en la calle de la Princesa y siempre estaba en busca de ingredientes con los que satisfacer a su clientela. Cuando aquellas pesetas se disolvieron en el fondo de mi cartera, olvidé por completo al grandullón y a su enorme abrigo azul.

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Yo maté a Grover Burch

Conocí a Grover Burch en 1940, uno de aquellos años que pasé en Barcelona ganándome la vida con el intercambio de mercancías a espaldas de los carabineros y con la protección de un par de muchachas que habían acudido a la capital pensando que allí vivirían mejor que en su pueblo. La primera vez que le vi fue en un tugurio sin nombre de la calle de la Merced que a la Montse y la Manoli, que así se llamaban mis inversiones, les gustaba frecuentar, siempre en busca de algún marinero con la paga aún caliente en la cartera. Aquella tarde, la Manoli se me acercó a consultarme si podía aceptar el precio que le ofrecía un mozarrón extranjero que se había quedado prendado de ella. Por aquellos dos cartones de rubio americano, el grandullón aquél podía disfrutar del apretado culo de la Manoli toda una noche, pero yo puse gesto de fatiga e hice un par de aspavientos con las manos como si aceptase el trato a regañadientes. Yo siempre fui de los que daban mucha libertad a sus protegidas, que eran libres de irse con quien ellas eligieran, pero debían pactar conmigo cualquier variación en el precio. Desde unas mesas más allá, Grover me sonrió de medio lado al ver acercarse a la Manoli, ya liberada de los cartones de rubio. Se levantó y, al llegar ella a su lado, ambos se perdieron entre el humo y las tinieblas que invadían el fondo de aquél tugurio sin nombre. Lo último que pude ver de ellos dos mientras se alejaban hacia la puerta fue la inmensa manaza del marinero dándole un tiento al carrillo derecho del apretado culo de la Manoli.

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