Reseña de El desorden, de Juan Carlos Girauta

El Desorden, novela negra ambientada en Barcelona escrita por Juan Carlos Girauta, editorial Belaqva Que Barcelona sirva de ambientación para una novela de éxito no es ninguna novedad. La catedral del mar, La sombra del viento, o El juego del ángel son todos, además de sintagmas nominales de factura calcada, títulos de novelas recientes que le han pedido a Barcelona permiso para ubicar en ella sus historias. La costumbre viene ya de lejos, con obras mucho más atractivas que las anteriores, como La ciudad de los prodigios, La plaza del Diamante (nótese, de nuevo, la estructura sintagmática… ¿casualidad?) o Sin noticias de Gurb (por fin, una con un título de estructura discordante), que tantas risas y ganas de comer churros nos provocó. Esta lista que, de manera informal y apresurada, acabo de componer puede dividirse con facilidad en dos: aquellas novelas que sólo usan a Barcelona como referencia geográfica y en las que la ciudad no deja impronta alguna, ni viceversa, en contraposición con esas otras que convierten a Barcelona en un protagonista más de la novela y que, a su vez, van camino de convertirse en protagonistas de la ciudad, a la manera en que se complementan El Jorobado de Notre Dame y París o Londres y Oliver Twist. Si hubiera que ubicar en uno de los dos conjuntos a El desorden, estaría en el segundo, sin lugar a dudas.

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El conocimiento que no nos deja conocer

A una pulgada de los ojos, la negra pata del simio eclipsa las estrellas, la luna y hasta el mismísimo Espacio. Cinco dedos apestosos son el Mundo entero.

Ape and Essence, de Aldous Huxley.

¿Qué es el conocimiento?

Y apenas necesito añadir que lo que llamamos conocimiento es meramente otra forma de Ignorancia -muy organizada, desde luego, y eminentemente científica, pero por esa misma razón la más completa, el más productivo de los simios enfadados. Cuando la Ignorancia era meramente ignorancia, éramos equivalentes a lémures, titíes o monos aulladores. Hoy, gracias a la Alta Ignorancia que es nuestro conocimiento, la talla del hombre se ha incrementado hasta tal punto que el menor entre nosotros es un babuino, los mayores son orangutanes  y los que alcanzan el rango de Salvador de la Sociedad, verdaderos Gorilas.

Ape and Essence, de Aldous Huxley.

Libros para la Nit del Foc

fallas Mutawakil Bin Al Farsi, comentarista habitual de este blog, me atiza con un meme: libros que quemaría en la próxima Nit del Foc. En general, soy de espíritu permisivo con lo del malgastar papel en mala literatura, porque creo que leer algo, aunque malo, es mejor que no leer nada. No obstante, siempre hay alguna que otra "joya" que no me importaría poner a 451 ºF, por ejemplo:

Obviamente, me dejo alguna que otra, pero ya os podéis hacer a la idea de qué tipo de cosas no soporto.

Paso este meme a Kasulibes y a Stewie Griffin, con la esperanza de que puedan sumarse a él a pesar de tanto que da para hablar la actualidad política.

Fotografía fallera cortesía de Clav mediante una licencia Creative Commons by.

Libros que leeré próximamente

Me he puesto a enumerar los libros que se apilan en mi mesa a la espera de ser leídos y me ha surgido la idea de crear un meme con ellos y torturar con él a un par de personas. Aquí van los libros que tengo intención de leer próximamente:

  1. The Lord of the Flies, de William Golding, que lo leí en la Universidad, por obligación, y quiero ahora disfrutarlo.
  2. The Best of H. P. Lovecraft, tengo un par suyos y, aunque no es mi género favorito, me voy a lanzar con éste.
  3. The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, de Douglas Adams, que no he leído aún, pese a ser un clásico.
  4. El hombre y la guerra, de Andrés Gimeno González
  5. Los cazas soviéticos en la guerra aérea de España 1936/1939, de Estanislao Abellán
  6. La aviación y el espacio, Colegio Oficial de Ingenieros Aeronáuticos.

Los tres últimos son un reciente regalo del padre de una buena amiga, por cierto.

Por molestar un poco, lanzo este meme a Seleucus, Snipfer, Joselito y Mutawakil bin al Farsi.

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Breve apunte sobre Robert Burns

Robert Burns Robert Burns (1759-1796) es tan desconocido para los españoles como famoso para los escoceses y, en general, para los británicos y demás angloparlantes. Este desequilibrio está ocasionado porque Burns eligió escribir en la lengua nativa de su familia, el escocés (Scots), lo que hace que sus poemas y canciones sean difíciles de entender y disfrutar por los que no somos hablantes nativos de una lengua anglosajona. Incluso los hablantes de inglés actuales tienen dificultades para entender sus obras, puesto que el vínculo entre el inglés y el Scots data de hace ya muchos siglos (por cierto, no hay que confundir el Scots con el gaélico, que es otro idioma, más conocido). No obstante, adentrarse en las obras de Burns, aun con el esfuerzo que supone, no genera más que satisfacción. Sus poemas y canciones te dejan impregnado olor a hierba recién cortada y bucólicas visiones de campesinas pelirrojas bailando a la orilla de un lago. En cualquier caso, la obra de Burns no debe valorarse sólo por su capacidad de transportarte a la Escocia arcádica sino que, además, debe prestarse atención a su precisión técnica, su innovación sobre las formas líricas tradicionales y su nada velada crítica a la situación política y social de su época, siempre desde la perspectiva de la clase campesina escocesa.

Cualquiera que esté interesado en la poesía y la literatura en general disfrutará con Robert Burns. Merece la pena hacer un esfuerzo investigador antes de lanzarse a comprar cualquiera de sus libros: debemos elegir aquél en que encontremos el mayor número de notas aclaratorias del idioma y, salvo que seamos expertos en el fin del período jacobita o la postura sobre Escocia de la dinastía de Hannover, tantas referencias y aclaraciones históricas como sea posible. Así, conseguiremos acercarnos a Burns con mayores probabilidades de gozar de cada estrofa y conseguir una visión global de su vida y su pensamiento. Yo tengo una edición de Geddes & Grosset y no está mal, pero puede haber cosas mejores por ahí.

Por cierto, para quienes crean no conocer nada de lo escrito por este caballero, hay que decir que una de sus canciones, o al menos su melodía, es mundialmente conocida: Auld Lang Syne [versión karaoke en Flash, bastante hortera]. Sí, sí, ésa que los americanos cantan en Nochevieja o que sale en las películas cuando toca despedir a alguien.

Foto cortesía de David Paul Ohmer mediante una licencia Creative Commons by.

Premio ManuelDelgado a la difusión de la Literatura

El pasado lunes, 31 de diciembre, se hizo público el fallo de los Premios Seléucidas 2007, otorgados por Seleucus, dueño y señor del Proyecto Seléucida. Magnífica iniciativa la de Seleucus (el proyecto completo, no sólo esto de los premios) para hablar de literatura y de Literatura (no, no es un error: son conceptos distintos, para mí) a quien le deseo desde aquí tantos éxitos para 2008 como los que ha tenido en 2007.

Así las cosas, en reconocimiento de sus esfuerzos encaminados a la difusión de la Literatura y de la buena literatura (una vez más, no es una repetición), otorgo el “I Premio ManuelDelgado a la Difusión de la Literatura” a Seleucus. El ganador será invitado a café y bollos la próxima vez que nos veamos.

Foto de Seleuco I (bueno, de una escultura suya, porque él no estaba disponible ese día) cortesía de Massimo Finizio, mediante una licencia CC by-sa.

Yo maté a Grover Burch (003)

A Doña Carmen no le solía gustar que sus huéspedes llevasen invitados sin avisar con antelación. Sin embargo, a mí nunca me ponía mala cara si me presentaba con alguien a cenar sin haber dicho siquiera si yo iba a ir a cenar. No es que la buena señora me tuviera un cariño especial, sino que agradecía todo el comercio que hacíamos juntos y que le permitía mantener bien abastecida la cocina de la pensión, con lo que se aseguraba tanto la fidelidad de sus inquilinos como el incesante engorde de su sobrina, llamada Maria Dolors y que había venido desde un pequeño pueblo de la provincia de Gerona a echarle una mano a su tía, a cambio de cama y siete u ocho comidas diarias. Por todo ello, cuando aquella noche llegué a la pensión con las dos siluetas que había avistado frente a la puerta del edificio, doña Carmen resolvió la situación con una sonrisa en los labios y un par de órdenes a su sobrina para que colocara tres platos en la mesa. Íbamos a cenar solos, pues el resto de huéspedes ya habían despejado el pequeño comedor, alicatado en azulejo blanco hasta la altura del pecho e iluminado por una única bombilla que, unos días antes, se había escurrido de una caja que uno de mis proveedores más estimados ayudaba a descargar de un barco proveniente de Italia.

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Yo maté a Grover Burch (002)

La Semana Santa llegó a Barcelona, que la acogió con más ganas de lo que algunos habían supuesto. Hasta entonces, no había vuelto a ver a Grover Burch. En realidad, ni siquiera sabía aún cuál era su nombre. Para mí, sólo era aquél marinero extranjero tan grande, de pelo castaño claro muy corto, que me había pagado con dos cartones de rubio americano un paseo a lomos de la Manoli un par de meses antes. Uno de aquellos cartones me lo fumé a su salud, pero el otro lo convertí en mantequilla con la ayuda de un carabinero y, a su vez, aquella grasa amarilla se convirtió en unas pesetas al contacto con el señor Ferrer, que regentaba una panadería en la calle de la Princesa y siempre estaba en busca de ingredientes con los que satisfacer a su clientela. Cuando aquellas pesetas se disolvieron en el fondo de mi cartera, olvidé por completo al grandullón y a su enorme abrigo azul.

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Yo maté a Grover Burch

Conocí a Grover Burch en 1940, uno de aquellos años que pasé en Barcelona ganándome la vida con el intercambio de mercancías a espaldas de los carabineros y con la protección de un par de muchachas que habían acudido a la capital pensando que allí vivirían mejor que en su pueblo. La primera vez que le vi fue en un tugurio sin nombre de la calle de la Merced que a la Montse y la Manoli, que así se llamaban mis inversiones, les gustaba frecuentar, siempre en busca de algún marinero con la paga aún caliente en la cartera. Aquella tarde, la Manoli se me acercó a consultarme si podía aceptar el precio que le ofrecía un mozarrón extranjero que se había quedado prendado de ella. Por aquellos dos cartones de rubio americano, el grandullón aquél podía disfrutar del apretado culo de la Manoli toda una noche, pero yo puse gesto de fatiga e hice un par de aspavientos con las manos como si aceptase el trato a regañadientes. Yo siempre fui de los que daban mucha libertad a sus protegidas, que eran libres de irse con quien ellas eligieran, pero debían pactar conmigo cualquier variación en el precio. Desde unas mesas más allá, Grover me sonrió de medio lado al ver acercarse a la Manoli, ya liberada de los cartones de rubio. Se levantó y, al llegar ella a su lado, ambos se perdieron entre el humo y las tinieblas que invadían el fondo de aquél tugurio sin nombre. Lo último que pude ver de ellos dos mientras se alejaban hacia la puerta fue la inmensa manaza del marinero dándole un tiento al carrillo derecho del apretado culo de la Manoli.

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